
En un contexto en donde el avance tecnológico, con la inteligencia artificial como punta de lanza, amenaza cada día con ultimar al periodismo, la publicación de un libro que explora el origen de un diario en papel creado en el Siglo XIX parecería ser un gesto romántico. Sin embargo, Un diario para el pueblo, del Doctor en Historia, investigador y docente Juan Buonuome es, también, una necesaria introspección sobre el pasado que no deja de repercutir en el presente.
Editado por Siglo XXI, se trata de una reelaboración de su Tesis Doctoral por la Universidad de San Andrés. El subtítulo, «Periodismo de izquierda en la historia argentina», no es del todo exacto: en realidad posa su atención en la historia del periódico La Vanguardia desde su fundación en 1894 de la mano de Juan B. Justo, Esteban Jiménez, Augusto Kühn, Isidro Salomó y Juan Fernández hasta el advenimiento del peronismo, movimiento que puso en jaque los intereses y la existencia misma del medio.
Mediante un riguroso análisis de fuentes, reconstrucción histórica y prolija narración, sumado a algunas fotografías que ilustran ciertos pasajes, este medio que se convirtió en La voz del socialismo funciona como un prisma para explorar las transformaciones del periodismo y la sociedad argentina entre fines del siglo XIX y mediados del XX. Tal como escribe el autor en las primeras páginas, “La Vanguardia aspiró a competir con la ‘prensa burguesa’ en su propio terreno por la representación de un amplio y difuso ‘pueblo’ lector”.
El libro reconstruye los comienzos de la publicación, pensada como un fuerte órgano militante, en tiempos donde el periodismo recién comenzaba a dar sus primeros pasos hacia la profesionalización. Por aquellos años el socialismo ganaba cada vez más terreno entre las clases populares. Justo y compañía se proponían expandir la conciencia socialista a través de sus contenidos y ya comenzaban a dar pelea ante la denominada “prensa burguesa”, representada por el diario La Prensa. También discutirían de manera férrea con el moderno Crítica de Natalio Botana al cual miraban con recelo ya que su innovador modo de vestir la noticia resultaría atractivo para las masas.
En tiempos en donde el periodismo ya se encuentra no sólo hiper profesionalizado sino también bajo un régimen de precarización laboral y exigencias multitareas sin precedentes, donde es permanente blanco de escarnio por parte de autoridades nacionales o del presidente mismo, es interesante leer las concepciones que se tenían en los albores de dicho oficio, donde los trabajadores de prensa eran respetados como personajes cultos, y con cierto aire bohemio que iba de las redacciones a los bares: “Escribir en un diario en la ciudad de Buenos Aires empezaba a valorarse cada vez más como una ocupación que permitía un cierto posicionamiento social y cultural a quien, aun sin contar con un específico capital político o familiar, había adquirido las competencias necesarias para trabajar en un periódico”.
De lo doctrinario a lo dinámico, de la militancia a la profesionalización, Buonuome reconstruye con rigurosidad los avatares que transformaron a La Vanguardia en un actor político y cultural pujante hasta mediados del siglo XX. El peronismo, que clausuró sus talleres en 1947, marcó el principio de su fin o, al menos, el fin de una era, ya que al día de hoy subsiste como medio digital. El justicialismo terminó imponiéndose como una opción más atractiva para el grueso de la clase obrera argentina. Si bien el tema periodismo de izquierda no se agota, es un interesante modo de recorrer los primeros cimbronazos entre medios y política que, ante las miradas más pesimistas, también puede leerse como un réquiem al periodismo escrito.

