
Estamos sobre la fecha en la que muchísimos celebran -con o sin sus amigos- justamente el Día del Amigo, invento más o menos criollo anclado, váyase a saber por qué, en la llegada del primer hombre a la Luna. ¿Qué tendrá que ver la pisada de Neil Armstrong con el vínculo que me ha unido y me une con mis amigos? He aquí un auténtico misterio. Pese a todo, aquí prendió.
Es cierto que hoy en día no hay día que no festeje algo. El asado con cuero, el Malbec, el gato, el salame mercedino, el pejerrey, cada uno tiene su día dictado, en general, por el romanticismo típico del comercio.
Cuando yo era chico, tiempos de la última glaciación ciertamente, los días festivos eran escuetos: el de la Madre, el del Padre, el del Niño, el del Maestro, Navidad, Año Nuevo y Reyes. Recuerdo cuando mi amigo el Húngaro, hace mucho, me llamó por primera vez por el Día del Amigo. Quedé estupefacto, le retribuí el saludo y me quedé pensando por qué extraña alquimia un señor grande había adoptado de golpe semejante ritual.
En estos días, solemos recibir una multitud de saludos, mensajitos y memes de amigos, conocidos y hasta desconocidos, los últimos con el loable fin de vendernos algo. Y los que mandan los amigos no suelen ser siquiera obra de ellos mismos sino de Internet. Yo recomiendo desconfiar de las declamaciones. Y cuanto más exageradas, aumenta la sospecha. En general, la amistad se demuestra en hechos. Recuerdo un par de ocasiones en las que, atravesado por un dolor arrasador, quedé desconectado y solícitas manos amigas se hicieron cargo de mí. Lo hicieron con discreción, casi con sigilo, quizá para no confundirme más, quizá para disimular ante otros mi estado. Hechos, no palabrerío.
El caso contrario es el de un típico declamador de la amistad. Tanto se entusiasmaba con ese lazo que supuestamente nos unía, que no requería que fuera el día en cuestión para que lo mencionara. La palabra amigo le emergía de la boca como el aire que se expele. Y no se quedaba en eso: amplios abrazos, fuertes estrechones de manos y suaves bofetadas, no parecía haber expresión de cariño que le faltara. Por supuesto, le sobraban los amigos. Tantos, que casi daba envidia. Porque el más locuaz se reveló en la primera ocasión como un amigo puramente verbal.
Una vez lo necesité. Le pedí ayuda. Era algo simple. Como la respuesta: sí o no. Mi amigo locuaz enhebró un largo discurso algo ambiguo, junto a los inequívocos gestos de profunda amistad en la despedida. Salí de la entrevista aliviado. Pero de pronto, con ese ser tan comunicativo me empezó a costar comunicarme. No estaba, o no podía, o estaba ocupado, o dormía. Cansado de tantas vueltas le escribí para pedirle una definición: mutis por el foro fue. Jamás volví a hablar con él. El que busca, encuentra: existe hasta el día del traidor. Es el miércoles de Semana Santa y recuerda el día en que Judas se vendió para traicionar a Cristo. Sin duda entonces recordaré a mi “amigo” el locuaz.

