El algodón es un material tan cotidiano que, muchas veces, pasa desapercibido. Como explica a Clarín Rural el productor agrícola y empresario Mariano González, “nadie se levanta sin entrar en contacto con un pedazo de algodón”: está en las sábanas que nos acompañan durante la noche, en las toallas con las que nos secamos la cara y en la ropa que vestimos. Su presencia es constante en la vida diaria, pero pocos saben que la producción algodonera argentina atraviesa hoy serias dificultades que, tarde o temprano, afectarán a un sector industrial de gran relevancia.
La industria textil —remeras, camisas, jeans, gabardinas, tejidos planos— tiene al algodón como columna vertebral, pero su uso va mucho más allá de la indumentaria. González destaca un dato poco conocido: los billetes (dólares y pesos) también están hechos con fibras de algodón, lo que les otorga una resistencia notable. Lo mismo ocurre con numerosos materiales que combinan algodón y microfibras para ganar estabilidad y vida útil.
Incluso en ámbitos inesperados, el algodón resulta indispensable. En la industria de explosivos, por ejemplo, la fibra larga y de buena calidad permite obtener pólvoras más estables y eficientes. En el área de la salud, el algodón filtrado químicamente se transforma en gasas, apósitos e hidrogeles que acompañan a las personas “desde que llegan al mundo hasta que se van”, como señala el productor. Su versatilidad, origen natural y capacidad de transformación lo convierten en un insumo silencioso pero esencial en la vida moderna.
Mariano Gonzalez, productor y empresario del sector algodonero.Apertura de importaciones
La apertura de las importaciones textiles impulsada por el Gobierno de Javier Milei generó una reacción inmediata en el sector. Según González, muchos actores de la cadena “se enfocaron más en la queja que en observar a los nuevos competidores como un espejo para innovar y mejorar”. Lo cierto es que a la mayor competencia externa se sumó la quita de subsidios a industrias promocionadas, lo que redujo el margen de varios eslabones y llevó al productor primario a enfrentar mayores dificultades para cerrar sus costos.
Además, el especialista explica que la apertura expone una brecha estructural frente a países como Brasil, donde la producción de algodón es más homogénea, con calidades parejas y una oferta genética muy superior. En Argentina, en cambio, la calidad es “serrucho”: dentro de un mismo lote pueden aparecer varias categorías de fibra, lo que complica la industrialización y desalienta a los compradores. Ante un mercado más exigente, muchos industriales optan por abastecerse de algodón brasileño, lo que resta incentivos a la producción local.
Aun así, González destaca que el cultivo muestra dinamismo —con siembras que hoy se extienden por diez provincias—, aunque ese crecimiento requiere acompañamiento tecnológico, financiamiento y reglas claras. Competir, sostiene, no es bajar los brazos frente a la importación, sino fortalecer la base productiva para que el algodón argentino mantenga presencia en un mercado global cada vez más competitivo.
El año pasado se sembraron en Argentina casi 600.000 hectáreas de algodón, aunque el promedio histórico ronda las 480.000. En los años 90 se llegó a 700.000 hectáreas, casi todas concentradas en el Chaco. Hoy, en cambio, el cultivo se distribuye en diez provincias, principalmente Chaco, Santiago del Estero y Santa Fe, pero también Salta, Tucumán, Jujuy, San Luis, San Juan, La Rioja y Formosa.
Una cadena vulnerable al clima y a la economía
El algodón es un cultivo regional con particularidades agronómicas muy marcadas. Aunque es una planta perenne con gran capacidad de rebrote, su desarrollo es extremadamente sensible a las heladas y a la deriva de herbicidas hormonales, que pueden deformarla en sus primeras etapas. Esa fragilidad contrasta con su vitalidad: el algodón “tiene mucha vida”, pero necesita condiciones climáticas estables y un manejo muy cuidadoso para expresar su potencial.
A esto se suman dificultades económicas y climáticas que agravan la situación. El último ciclo dejó fibras de baja calidad por efecto del clima, y para esta campaña se espera que muchos productores opten por sembrar soja o maíz en lugar de algodón. Esto presiona a una cadena industrial que necesita un abastecimiento regular y confiable. “Una caída abrupta en el área sembrada tendría un impacto serio en las hilanderías y fábricas instaladas, especialmente en el norte, pero también en polos industriales históricamente ligados al algodón”, advierte González. “Si el cultivo retrocede, no solo pierde el productor: se compromete la economía de comunidades enteras”.
Cosecha y transporte de algodón, del campo a la industria.Desafíos de la industrialización
La industrialización del algodón enfrenta un primer desafío cultural: comprender que detrás de una remera, una camisa o un jean hay una extensa cadena de trabajo, conocimiento y valor agregado. González señala que la industria textil local tiene ventajas importantes —como moldes adaptados a la fisonomía argentina y europea, no asiática—, pero funciona en un contexto cada vez más demandante. La apertura comercial, la competencia externa y la dificultad para sostener estructuras industriales presionan a un sector que, según él, “tiene que volver a salir a pescar al río” tras perder la comodidad de un mercado protegido.
El algodón atraviesa multiples procesos para transformarse en un producto textil.La competencia con industrias globales, especialmente la asiática, es otro gran desafío. González reconoce que no se puede comparar con China bajo reglas tan distintas, aunque advierte que la competencia no siempre llega por precios: también hay ropa china de alta calidad y valores similares. La industria argentina necesita condiciones equilibradas —impositivas, crediticias y laborales— para jugar “el mismo juego”. Para él, es indispensable revisar normativas, facilitar financiamiento y construir un marco que permita sostener industrias que generan un enorme valor por tonelada procesada.
La logística y la fragmentación de la cadena también representan obstáculos significativos. El algodón producido y desmotado en el Chaco viaja luego a Catamarca, Tucumán, Santiago del Estero o La Rioja para distintos procesos industriales, para finalmente llegar a Buenos Aires y volver otra vez al interior ya convertido en tejido. Ese “vacío en el medio” genera costos, intermediación excesiva y una gran pérdida de oportunidades para agregar valor cerca del origen. González ilustra la distorsión: una remera de 200 gramos que se vende a 20.000 pesos implica un valor por tonelada que triplica lo que recibe el productor. “El que más participa es el que menos arriesga”, resume.
Sin embargo, el sector también tiene una oportunidad clara: integrar la cadena desde el origen y apostar por innovación real. González relata la experiencia desarrollada por un par de empresas productivas junto con el INTA y una hilandería de La Rioja: producir un algodón de calidad superior, inexistente en Argentina y Sudamérica, con fibras largas (de 33 mm, contra las tradicionales que son de 26/28 mm), 100 por ciento mecanizado y con propiedades que resultan en prendas más suaves, duraderas y naturales.
Argentina ya cuenta por primera vez en la Historia Algodonera, con 11.000 Kgs de Fibra Extra Larga (FELPA) Una oportunidad única y sin precedentes, donde la cadena Algodonera se unio y transformo un mito por realidad @richardbindi @matiaslongoni @gruporitex @JMilei @LuisCaputoAR pic.twitter.com/ypZ7jbHZaA
— Mariano Gonzalez (@mariano_anibalg) October 3, 2025
Esa articulación —productores, industria e investigación sentados en la misma mesa— permite generar textiles diferenciados: felpas que no se deforman, prendas que regulan la temperatura, colores naturales con menos químicos y desarrollos respaldados por investigación científica. Para González, ese es el camino: menos intermediación, más tecnología y una mirada de largo plazo que permita industrializar en origen y construir una cadena textil competitiva y estable.

