
Habitualmente nos asombramos —y con justa indignación reaccionamos— cuando vemos una fábrica trabajando a media máquina. El bajo uso de la capacidad instalada industrial nos remite a la falta de empleo y de horizontes de progreso, y reclamamos políticas públicas.
Acodados en la tranquera cabe una pregunta incómoda: ¿cuál es el uso de la capacidad instalada del campo? Si el campo se convirtió en una fábrica a cielo abierto, apliquemos el mismo razonamiento y focalicemos las acciones público-privadas en seguirle el ritmo a una naturaleza que “no para de fotosintetizar”.
De tanto en tanto se renueva la idea de que producimos por debajo de nuestras posibilidades. Con la tecnología disponible, las actuales capacidades empresariales y las regulaciones vigentes, una mirada al espejo externo —rendimientos de los principales cultivos según el USDA— muestra una brecha de productividad relevante.
La contracara interna tampoco es alentadora: hay fuertes diferencias entre promedios y pisos de rendimiento en todas las actividades. La “maquinaria biológica” opera a distintas velocidades. Algo similar ocurre puertas adentro de la agroindustria: la molienda aceitera presenta cerca de 40% de capacidad ociosa, y situaciones comparables se observan en frigoríficos y lácteos.
En síntesis, nos falta materia prima y nos sobra capacidad instalada —productiva e innovativa— en la red agropecuaria. El cuadro es aún más llamativo si consideramos que existe margen para expandir la frontera productiva sin violar mandatos ambientales. Más aún, redefinir qué producir en cada ecosistema ampliaría la capacidad instalada efectiva. Y si miramos un poco más lejos, el maridaje entre inteligencia artificial y edición génica promete un salto adicional.
Frente a esta capacidad ociosa surgen algunas preguntas: ¿no saben (información), no quieren (zona de confort), no pueden (los números no cierran) o —más importante— no conviene producir más? ¿Es razonable aumentar toneladas en el contexto actual? ¿Existe una demanda global infinita o Argentina, haga lo que haga, seguirá siendo tomadora de precios?
Más allá de los libros y del Excel, producir más puede presionar los precios y afectar la rentabilidad. Argentina es un actor relevante en los mercados internacionales de commodities y sus decisiones inciden en la formación de precios; además, los competidores también buscan ocupar su propia capacidad ociosa. El resultado probable es mayor volatilidad y precios a la baja.
Existe, sin embargo, una alternativa “ganar-ganar”: aumentar la producción al tiempo que se diversifican los usos de la biomasa resultante, ampliando la agregación de valor mediante su industrialización. La hoja de ruta es clara: acelerar la transición hacia una estrategia de bioeconomía.
El mejor antídoto frente a la caída tendencial de precios y la volatilidad es fortalecer la base productiva y ampliar el mix de productos aguas abajo. Bioplásticos, insumos biológicos y energías renovables —impulsados por tecnologías disruptivas, regulaciones ambientales y compromisos de descarbonización— crecen a tasas cercanas al 20% anual.
La ecuación mejora aún más si la agregación de valor se localiza cerca de la materia prima, algo lógico cuando “la biomasa viaja mal y paga un boleto caro”. Una simulación del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA) para la cadena de maíz muestra que si Argentina industrializara el cultivo en proporciones similares a EE.UU., la facturación crecería 38%, se generarían 80.000 empleos adicionales y la capacidad de pago al productor aumentaría 63%. Análisis preliminares en otros cultivos sugieren oportunidades similares.
La convergencia de una nueva generación de tecnologías con una demanda dinámica y alineada con los cuidados ambientales abre la puerta a utilizar plenamente la capacidad ociosa del campo. La clave es la bioeconomía como estrategia, respaldada por políticas públicas consistentes y articulada con las decisiones privadas. El desafío es grande, pero postergarlo sería más costoso: la oportunidad es ahora y los competidores ya se están moviendo.

