
“Ahora comienza la etapa más difícil del Acuerdo Mercosur/Unión Europea (UE) que se negocia desde hace 26 años, que es el de su ejecución”, dice el presidente Lula en su importante artículo publicado en “La Nación” el viernes 16 de enero.
La firma del pacto que se realizó en Asunción, Paraguay, constituye apenas el primer paso, señaló el primer mandatario brasileño, “…y el verdadero éxito del acuerdo se medirá por la rapidez con la que sus beneficios lleguen a los estantes de los supermercados, al campo, a las fábricas, y a los bolsillos de los ciudadanos”.
El problema principal que presenta la Unión Europea, ese inmenso mercado de 700 millones de consumidores con ingresos semejantes o superiores a EE.UU, es la absoluta falta de poder político en sus órganos centrales.
Por eso el acuerdo con el Mercosur pasó por el Consejo Europeo de 27 países por una escasa mayoría poblacional de los votantes.
Pero 5 de los principales países de Europa se opusieron rotundamente al acuerdo – Francia, Irlanda, Austria, Hungría y Polonia – en tanto se abstuvo Bélgica, donde se hospeda el gobierno de la Unión. Lo que significa que las naciones que se impusieron presentan una preocupante mayoría de no más de 350.000 personas en los 720 millones de consumidores de uno de los 3 más grandes mercados del mundo.
El drástico rechazo de Francia es doblemente alarmante, no sólo porque es el mayor país agrícola de la región, sino porque, además, históricamente, desde Richelieu a De Gaulle, ha sido el país del Continente de mayor vocación geopolítica y voluntad de poder; y ahora ha concentrado a través del presidente Emmanuel Macron, toda esa enorme vocación de afirmación nacional en la tarea negativa de “destruir políticamente el acuerdo con el Mercosur”.
En esta tarea de demolición a la que se ha abocado, Macron cuenta con el respaldo del sector más vocacionalmente volcado a la acción directa y al dominio de las calles de la Unión, que es el de los agricultores franceses, que son los enemigos viscerales de la superior productividad de la producción agroalimentaria sudamericana.
Hay un grupo de 180 o 200 eurodiputados en el Parlamento de Estrasburgo que ya han hecho presentaciones sucesivas para recurrir al Tribunal Supremo de Karlsruhe para que declare la “incompatibilidad del acuerdo con el Mercosur y los tratados fundadores de la Unión”, porque estima que es “ilegal” la distinción hecha entre los pactos de “asociación o de estado”, y los tratados provisorios de carácter comercial, que no requieren ser votados por las 27 asambleas nacionales de los países miembros.
Por cada una de estas apelaciones el tribunal de Karlsruhe requerirá más de 1 año en su tratamiento, lo que implica por lo menos 3 años de postergación.
El punto fundamental a subrayar es que el gobierno Bruselas muestra una extraordinaria debilidad mientras que el “eje del mal” – Francia, Polonia, y la pasión por la acción directa de los agricultores europeos – arrastrados por un odio monomaniaco al Mercosur, tienen en adelante un solo e inequívoco objetivo que es el de derrotar al Tratado de Asunción, sin importar los medios que necesiten para hacerlo.
El hecho es que el gobierno de Bruselas no tiene ni el coraje ni el poder político para enfrentar a las acciones de los productores agrícolas de la región, que es un sector dotado de una notable capacidad de movilización, y cuya acción cuenta con una amplia legitimidad en la población del Continente.
“La burocracia – dice Max Weber – no es un sistema de poder, sino el cumplimiento ordenado de reglas preestablecidas”, y ajena en absoluto al sentido de lo que es una decisión, por eso tiene razón el presidente Lula de que lo más difícil del Acuerdo del Mercosur con la Unión Europa firmado en Asunción, es lo que viene ahora en la etapa de ejecución, esto es de las realidades y los resultados.
El mundo de hoy no es el de Bruselas, con su constante adhesión a las reglas preestablecidas, sino el de la constante y vigorosa afirmación de la capacidad de decisión y la resolución de problemas; y esto es lo que Europa no tiene.

